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Relato de Orfilia Ocampo

Orfilia Ocampo

25 años de impunidad

Corría el año 2002. Colombia iniciaba una década que marcaría la historia reciente del país por su profunda degradación del orden público. Situación reflejada, entre otros hechos, por el fallido proceso de paz entre el presidente Andrés Pastrana y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), que llegó a su fin en febrero en medio de una escalada de violencia atribuida a la guerrilla.

Mientras tanto, en la capital del Valle, el arzobispo Isaías Duarte Cancino, luego de oficiar un matrimonio comunitario en el distrito de Aguablanca, fue asesinado a manos de la misma guerrilla de las FARC. La noticia sacudió a la región, pero, para Orfilia, el verdadero quiebre fue otro. Según relata, el departamento “se dañó” pero no precisamente por los grupos armados antes mencionados, sino por la llegada de los paramilitares al territorio.

 

Ella recuerda ver cómo en lugares aledaños a Palmira, en este caso Tienda Nueva, la tranquilidad se perdía ante la presencia de estos hombres armados que arremetieron contra la población civil utilizando métodos dantescos: cuerpos colgados en árboles, personas desmembradas con motosierras e inclusive jóvenes asesinados a golpes con piedras más grandes que sus propias cabezas. Orfilia escuchaba historias de jóvenes que, arrodillados, suplicaban que su final fuera allí mismo, en el pavimento o en sus casas, para no ser trasladados a "arriba", a ese lugar incierto en la parte alta de la cordillera. Esta maquinaria de terror operaba bajo una abierta complicidad con la fuerza pública. Se hablaba de cómo en barrios como Las Américas el control era absoluto. Un primo de Orfilia que prestaba servicio militar en ese tiempo le confesó que al ejército le correspondía escoltar, cuidar y guiar a los paramilitares en la zona urbana del municipio palmirano. El ejército, que debía cuidar al pueblo, terminaba siendo el guardaespaldas de quienes los aniquilaban. Fue precisamente en esta época de impunidad y zozobra, poco después de que la delincuencia común asesinara al arzobispo Isaías Duarte Cancino, cuando la tragedia tocó directamente a la puerta de Orfilia con la desaparición de su hijo William Ocampo. Para Orfilia Ocampo, se podría decir que el tiempo se detuvo en el 2003. Han pasado más de 23 años desde que vio por última vez a su hijo, William Ocampo, quien en ese entonces tenía 21 años. El joven William era apegado a su hogar, que trabajaba duro para no dejar cargas a su madre. Aquella mañana, Orfilia se preparaba para someterse a una cirugía por un tumor óseo. William, que trabajaba con su hermano manejando una residencia en la galería de Palmira —turnándose uno de día y el otro de noche—, se despidió con una frase que hoy su madre no olvida: — “Ojalá te vaya bien, mamá. Por la tardecita nos vemos”. Él se quedó durmiendo en la comodidad de su cama, descansando tras haber llegado de la jornada laboral. Más tarde, se arregló, se peinó y salió a ver unas zapatillas que le iba a comprar a un muchacho conocido como "el boricua", quien comerciaba con estos artículos junto a otros socios del sector. William lucía ese día una chaqueta blanca impermeable, pantalones de jean, sus zapatillas y un buzo; una imagen que Orfilia guarda con nitidez. Según le relató después la hermana del "boricua", William y otro joven estaban negociando frente a la casa de María Cano, cerca del parque, unas zapatillas que le habían gustado. De un momento a otro, una camioneta roja apareció. Los hombres bajaron con decisión y, en un parpadeo, se llevaron a ambos muchachos y dejaron la moto de William en el lugar. La calle quedó en silencio con la motocicleta como único testigo. Ninguno volvió a aparecer hasta el día de hoy. La búsqueda de Orfilia comenzó de inmediato en un territorio donde la justicia parecía estar del lado de los victimarios. A los quince días de la desaparición, la moto de William apareció en un accidente de tránsito en la vía hacia Agua Clara. No fue una recuperación judicial, sino el azar de un choque. La conducía un paramilitar que iba acompañado de su mujer. Un taxi, que quedó completamente desbaratado, fue el otro vehículo involucrado. El choque contra el taxi fue tan violento que la moto quedó partida en dos. A pesar de que el sospechoso terminó hospitalizado, con una pierna fracturada en tres partes y bajo custodia policial, las autoridades lo dejaron ir. El hombre, incluso desde su cama de hospital, tuvo el descaro de decirle al fiscal que William le había prestado la moto, aun cuando ya existía una denuncia por desaparición. La respuesta del fiscal asignado al caso en Palmira desnudó la impotencia y el miedo institucional: — “Ay, no. El caso de su hijo sí está bien maluco, yo soy una persona diabética, tampoco voy a arriesgar mi familia”. Acto seguido, el funcionario le aconsejó a Orfilia: — “Saque a sus dos hijos que le quedan y por acá no esté viniendo”. Era una orden de exilio encubierta como consejo. El caso fue trasladado a Cali bajo la tutela de un fiscal de apellido Prisco, a quien Orfilia ni siquiera llegó a conocer. Prisco era solo un nombre en un papel, una sombra administrativa en una ciudad donde los paramilitares caminaban por todas partes. En la Fiscalía de Cali, el ambiente no era distinto. Antes de las audiencias, los mismos funcionarios de la ley les advertían a las víctimas que no dijeran nada a los periodistas, bajo la amenaza de que mucha gente había sido asesinada al salir de allí. Los reporteros tenían prohibido el ingreso, dejando las verdades de la guerra sepultadas en el anonimato de los despachos judiciales. Las verdades a medias Orfilia no se rindió. Asistió a doce audiencias de alias "HH". En una de ellas, logró interrogarlo directamente. En la octava audiencia, frente al hombre que comandaba el terror, ella lanzó su pregunta sobre los restos de su hijo. El jefe paramilitar le confirmó lo que temía: — “No, sí, su hijo lo tuvieron los paramilitares. El que le puede dar razón de su hijo es alias 'el cura'”. "El cura" estaba detenido en esos años. Sin embargo, el poder político de la época, personificado por la gestión de Duque, permitió que este hombre terminara liderando el Clan del Golfo años después. Orfilia logró entrevistarse con él durante unas exhumaciones realizadas por el CTI de Bogotá en la zona de El Arenillo Alto, zona rural de Palmira. Entre el polvo y el olor a tierra removida en lugares como El Chalet, ella se mantuvo firme. Llevó la foto de William y le imploró que solo quería sus restos, que no buscaba problemas con él. Frente a los mismos agentes del CTI, le pidió humanidad. Sin embargo, la respuesta del postulado fue tajante: — “Nosotros hicimos un convenio con el gobierno y si entregamos nos perjudicamos nosotros”. En otra ocasión, el mismo alias "el cura" sentenció con frialdad: — “No vamos a entregar nada, el campesino chocará la tierra y ahí encontrará restos de gente”. Existe la sospecha de que el cuerpo de William pudo haber sido arrojado en un sector conocido como "el hueco frío", ubicado más arriba de El Arenillo, un lugar de clima templado y geografía difícil, donde actualmente la Unidad de Víctimas ha intentado trabajar, pero debido a los constantes combates entre militares y guerrilla se dificultan las labores de búsqueda. La tragedia de Orfilia estuvo acompañada por el absurdo administrativo del Estado colombiano. Aún no estando William, su identidad seguía siendo usada. Mientras buscaba desesperadamente a su hijo, la Registraduría Nacional del Estado Civil reportaba que William —cuya cédula le fue arrebatada por sus captores— aparecía votando en las elecciones presidenciales de Álvaro Uribe, Juan Manuel Santos e Iván Duque en municipios de la costa atlántica como Montería y Sincelejo. A Orfilia le resultaba increíble que el sistema permitiera que un desaparecido "votara" y, aún más inaudito, en pueblos muy alejados de donde vivía. Cada tanto, agentes del CTI de Bogotá llegaban a la casa de Orfilia a preguntarle si el joven había regresado, basándose en dichos registros de votación. La ironía era cruel: los investigadores buscaban al vivo basándose en el rastro administrativo de un ausente. Para hacer más insólito el caos institucional, la Registraduría cometió el error inverso con su otro hijo, Andrés Felipe, quien estaba vivo pero figuraba en los registros oficiales como fallecido. El vivo era muerto y el desaparecido era votante. Orfilia tuvo que acudir con el CTI a la Registraduría para subsanar el error y demostrar quién era el que realmente estaba desaparecido. En 2005, Orfilia asistió a la desmovilización del bloque paramilitar en Bugalagrande. El viaje fue una travesía por montañas donde la gente del campo, por miedo o complicidad, ni siquiera les vendía un tinto. Aquel día le pareció indignante: mientras ella y otras víctimas viajaban desprotegidas en una camioneta Toyota junto al entonces gobernador Angelino Garzón por carreteras peligrosas, temiendo que cualquier avioneta en el cielo fuera un ataque guerrillero, vio cómo los cabecillas paramilitares llegaban cómodamente en una avioneta para entregar sus armas ante más de cinco mil hombres. Años después, vería con indignación en los noticieros que alias "el cura" terminó libre y liderando el Clan del Golfo al finalizar el gobierno de Duque, y que otros jefes como Otoniel o "HH" fueron extraditados a Estados Unidos sin terminar de confesar sus crímenes en Colombia. A Otoniel lo enviaron lejos, permitiendo que sus secretos sobre las masacres quedaran enterrados bajo la ley estadounidense. La insistencia de Orfilia en buscar justicia desató una ola de amenazas telefónicas. Esos pequeños dispositivos que en 2003 eran una novedad ahora eran instrumentos de tortura psicológica. Carros sin placas rondaban sus viviendas preguntando por ella, vehículos oscuros se detenían frente a las casas donde intentaba ocultarse, lo que la obligó a vivir huyendo, mudándose de casa cada dos meses hasta el año 2006. Ella salía de una casa y a los pocos días los vecinos le decían: — "Orfilia, vino un carro sin placas preguntando por usted" Ante el peligro inminente, sus hermanos ayudaron a sacar del país a sus otros dos hijos. El miedo de perder a otro familiar era inconcebible. Andrés Felipe y su hermana migraron al exterior (él hace 19 años y ella hace 5 años), donde hoy viven seguros y alejados de la violencia que destruyó una parte de su familia. Andrés Felipe se fue primero a Valledupar y luego cruzó el océano, mientras que su hermana, más reacia a irse, finalmente cedió. A pesar de las insistentes invitaciones de sus hijos para que se mude con ellos, especialmente ahora en junio que nacerá una nueva nieta, Orfilia se niega a abandonar Colombia de forma definitiva. Ella prefiere el "calor humano" de su tierra, a pesar de sus cicatrices. Hoy, al observar a Orfilia, se reconoce en ella un cuerpo que ha sostenido el peso de más de dos décadas de incertidumbre, pero que transita la adultez mayor con una entereza admirable. Su rostro es redondeado y de facciones delicadas, pero está profundamente marcado por los años y por las líneas naturales de la edad que surcan su piel morena clara. Lleva el cabello corto, peinado con pulcritud hacia atrás, en un tono entrecanos o donde los grises predominan como hilos de plata que testifican su larga espera. A pesar de la tragedia, es una mujer que emana una cercanía y una tranquilidad única; además, posee una sonrisa amplia que revela una actitud amable y serena. Actualmente, vive sola en su casa con la única compañía de su gato, un pequeño felino que duerme plácidamente mientras ella espera paciente. Dice que no se va porque mantiene intacta la ilusión de recuperar los restos de William, su mayor anhelo. Se imagina el día en que le digan: "Vea, estos son los restos de su hijo", y ese día podrá morir tranquila. Para ella, el dolor de la desaparición forzada es una herida que no cierra, una tortura que no se compara con la muerte natural. Es una incertidumbre que le impide "tener vida". Dicho por ella, el único deseo que le permitiría morir en paz es poder darle a su hijo una sepultura digna: — “Uno enterrando una persona, yo creo que descansa. Pero una cosa así... Dios es grande y poderoso y yo no pierdo las esperanzas ni la ilusión, porque es que es duro que queden los restos de una persona por ahí”. Por: Santiago Valencia Cadena

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Judith Casallaz

"La verdad tampoco existe"

“Doña Judith, ¿cómo está?”, eran las 9 de la mañana y nos encontramos en una plaza cerca del Cementerio Central. Judith Casallaz, es una mujer de 66 años, cabello castaño claro y una piel blanca marcada por el tiempo. Tiene una voz dulce y habla de manera serena, como si hubiera aprendido a convivir con el dolor hasta convertirlo en parte de su rutina. Sin embargo, detrás de cada palabra se esconde una aflicción que pesa más que su propio cuerpo.

Nos sentamos en una mesa y la conversación fluyó desde el saludo. Empezó mostrándonos fotografías de su hija Mary Johanna Casallaz, “ella era una niña muy linda, delgadita”, nos dijo, y en ese momento comenzó a relatarnos su historia.

Relato de Judith Casallaz

Relato de Judith Casallaz Mary Johanna Casallaz era una joven trabajadora y responsable, la clase de hija que hacía diligencias, acompañaba a su madre a las citas médicas y estaba pendiente de los detalles cotidianos de la casa. Durante años, había sido el apoyo silencioso de Judith. En una ocasión, una infección afectó gravemente las válvulas del corazón de Judith y la obligó a permanecer hospitalizada durante meses, Mary Johanna prácticamente vivió junto a ella dentro del hospital. Se encargó de lavar y llevar la ropa, hacer los trámites que le enviaban a Judith para poder realizarle los tratamientos, dormía escondida debajo de la cama del hospital en la que se encontraba Judith, aun cuando las normas no permitían acompañantes. Mary Johanna fue su soporte en esos momentos de la vida. “El 7 de octubre del 2007 se fueron madrugados para Pueblo Pance a acampar, yo no me di cuenta de eso. El caso es que ella trabajaba con unas amigas nuestras desde que ella era pequeña, en el centro comercial La Fortuna. Y me llamó Maritza, que era la patrona de ella, a preguntarme qué pasaba con Johanna que no había ido a abrir el almacén.” Mary Johanna Casallaz fue desaparecida junto a su pareja José Didier Duque el domingo 7 de octubre del 2007, en el corregimiento de Pueblo Pance, Cali. En 2007 Colombia atravesaba uno de los momentos más intensos de su conflicto armado interno. El país se encontraba bajo el segundo gobierno de Álvaro Uribe Vélez y la política de “Seguridad Democrática” dominaba los discursos oficiales. Los noticieros hablaban constantemente de operaciones militares, capturas de guerrilleros y recuperación territorial. Desde Bogotá, parecía que el Estado avanzaba. Sin embargo, en numerosos territorios rurales la realidad seguía siendo mucho más compleja. Las FARC-EP continuaban ejerciendo influencia en distintas regiones del país, los grupos paramilitares atravesaban procesos incompletos de desmovilización, las bandas criminales comenzaban a reorganizar antiguos poderes armados, y miles de familias seguían enfrentando desapariciones, desplazamientos, amenazas y asesinatos. El Valle del Cauca no era una excepción, aunque Cali proyectaba una imagen urbana relativamente distante de la guerra, los corredores rurales que conectaban la ciudad con la cordillera occidental y central seguían siendo espacios estratégicos para diversos actores armados. Uno de esos lugares era Pueblo Pance, un corregimiento rodeado por montañas, ríos y vegetación, un destino turístico y un lugar de descanso. Un territorio atravesado por dinámicas del conflicto que rara vez aparecían en los folletos turísticos. Fue allí donde Mary Johanna desapareció y el rol de Judith Casallaz se transformó. “Yo acababa de salir de una cirugía del corazón, tengo prótesis mecánica en el corazón. De la mitral, la tricúspide y la aorta. Estaba acabada de salir de esa cirugía, entonces no me daba como para movilizarme mucho.” A medida que avanzaba la conversación el día se iba poniendo gris, al igual que el relato. Judith continuaba concentrada en compartirnos su testimonio, pero conforme seguía la historia su voz se quebraba de a pocos, y la sonrisa con la que nos recibió desapareció. El lunes 8 de octubre del 2007, el padre de Mary Johanna, junto a sus otras hijas, se dirigieron a Pueblo Pance a buscarla, pero no hubo ningún indicio sobre ella. El martes 9 fue a la Personería en Cali a denunciar la desaparición de la pareja, y de allí fue dirigido al CTI, luego al ejército del Gaula. Sus hijas y otras personas iban a Pueblo Pance todo el día, en los primeros intentos por encontrarla tuvieron apoyo de la Defensa Civil y la Cruz Roja. Mientras otros comenzaban la búsqueda, Judith permanecía atrapada entre el dolor físico y la desesperación. Dos semanas después de la desaparición de Mary Johanna, Judith ya podía movilizarse y allí comenzó su búsqueda. “Yo comencé a buscarla en el pueblo. A pegar papeles y a preguntar. No conocía el pueblo porque solo había ido una vez. Pero no sabía si el pueblito era pequeñito. Ahí lo conocí y pues me dijeron que es muy pequeñito, pero pues tiene cosas pesadas.” Lo conoció buscando, aprendió sus calles preguntando, aprendió sus caminos pegando carteles y aprendió sus silencios observando rostros. Al inicio de la búsqueda iba acompañada con amigas de Mary Johanna, con las tías y gente cercana dispuesta a ayudarle. Pero, a la vez que pasaba el tiempo, Judith quedó sola. Mientras para las familias cada día aumenta la urgencia, para el resto del mundo la vida continúa. En Pueblo Pance ya la conocían, la saludaban y le permitían pegar las fotografías de Johanna en los diferentes locales del pueblo. “Y se me volvió una rutina, ir a pegar papeles. En una ocasión un señor me dijo: — No vaya más por allá, cada vez que usted pega las fotos de su hija dicen que ella ya apareció. - Y un jueves volví, y ya habían quitado todos los papeles. Y aun así, yo seguí yendo e iba casi dos veces a la semana.” Puso la denuncia en Telepacífico, por la radio, se movilizaba a los hospitales, a las cárceles, a medicina legal, hasta donde sus fuerzas podían. “La búsqueda es muy maluca, muy horrible”, describe Judith. Continuó yendo a la Fiscalía y al Gaula a preguntar qué es lo que pasaba con ellos, qué se sabía de los dos que desaparecieron. “Hice las denuncias, yo creo que en todos los periódicos de Cali. Luego me descendí a Cajamarca, Puerto Tejada, a Cerrito y pues en las emisoras pidiendo apoyo.” Con el paso de los meses, el pueblo comenzó a cambiar, personas que antes saludaban dejaron de hacerlo, puertas que permanecían abiertas empezaron a cerrarse y conversaciones que parecían espontáneas terminaron abruptamente cuando ella aparecía. El miedo hablaba incluso cuando nadie pronunciaba una palabra y la búsqueda estaba entrando en otro terreno, un terreno más cercano a las lógicas de la guerra que hasta entonces Judith comenzaba a comprender. “Hasta que un día cualquiera un señor me decía no vaya por allá. Otro una vez me dijo, —Uy, ¿usted bajó?, yo creí que usted ya no bajaba. —Pero yo no entendía lo que me decía, yo todavía no entendía todo lo que se movía en ese mundo. Entonces, un día una persona me paró y me dijo que me invitaron a comer sancocho de gallina arriba a la montaña. Yo no fui porque realmente mi corazón no daba para subir hasta la montaña, eran válvulas muy nuevas, sonaban horribles. Entonces yo dije, —No, yo no subo por allá. —Pero ya cuando me amenazaron de tú a tú, y con el nombre de mi nieta y todo eso, yo ahí sí no volví. Y hasta el sol de hoy no he vuelto al pueblo.” Encontrar a un desaparecido también puede convertir a alguien en objetivo; sin embargo, Judith continuó su proceso de búsqueda desde la ciudad. Durante la conversación su voz se entrecortaba y necesitaba tomarse silencios para poder continuar. Los tres estábamos, al igual que ella, tratando de procesar cada detalle que nos contaba, pensando en cómo lograba digerir y afrontar algo así. “A finales del 2008 comenzaron las amenazas”, continuó. “Muchos fueron de delincuencia común, otros sí fueron de las FARC. Eso y las estafas es algo que yo no le deseo a nadie, no por el tema del dinero, no es tanto por eso. Es que cuando usted ya no tiene de dónde más, comienzan a amenazarle con cosas horribles de cómo le van a devolver a usted su hija, y todas esas cosas. Y así estuvo hasta 2012. Yo hoy en día miro atrás y digo, Dios mío yo de dónde saqué fuerza. Cómo es que después de todo eso yo todavía estoy viva. Y no solo por las amenazas, porque en algún momento yo toqué el que era.” Su vida se centró en moverse entre municipios, presentar denuncias, insistir, recorrer emisoras de radio, visitar periódicos y buscar espacios en televisión en los que llegó a pagar cifras que hoy todavía recuerda con exactitud: doscientos mil pesos para una publicación en radio y un millón para aparecer durante apenas unos segundos en televisión nacional. Solo cinco segundos, cinco segundos para recordarle al país que Mary Johanna seguía desaparecida, cinco segundos para evitar que una desaparición terminara convirtiéndose en una cifra más. En 2012 Judith recibió una llamada, en la que al otro lado de la línea aseguraban entregar a Mary Johanna, la única condición eran veinte millones de pesos. “Necesitamos 20 millones de pesos y el sábado usted puede ir a recoger a su hija en el terminal de Bogotá.” Judith no tenía veinte millones, ni siquiera estaba cerca de esa cantidad. Recurrió a familiares, amigos, conocidos, a bancos para que le realizaran un préstamo, pero nada resultó. Hasta que recordó que recién había terminado de construir su casa, llevaba 15 años terminándola. Aquella vivienda representaba mucho más que una propiedad, representaba una vida, la historia de una familia y el resultado de años de trabajo. Pero en ese momento solo importaba recuperar a Mary Johanna. Un comprador apareció, solo ofrecía dieciocho millones, no era suficiente, pero era la única salida que había. Judith aceptó, firmó, entregó la vivienda, consignó el dinero y viajó a Bogotá. ​Judith llegó temprano, se ubicó exactamente en el lugar indicado, esperó. Las horas comenzaron a pasar, miraba a la gente caminar, observaba cada rostro e imaginaba que en cualquier momento aparecería Mary Johanna, quizás delgada, quizás asustada, quizás enferma, pero viva. Judith no quiso moverse, no quiso alejarse, no quiso ir a comer, ni un segundo. Y siguió esperando, hasta el día siguiente, que entendió que no aparecería nadie. Era una estafa, otra más. Judith quiso recuperar su casa, buscó al hombre que había comprado la casa y descubrió que él también había sido engañado. Al igual que ella, estaba buscando familiares desaparecidos, también recibía llamadas, vivía atrapado entre promesas y amenazas y había entregado dinero. Y durante algún tiempo ambos mantuvieron contacto, dos víctimas intentando entender el mismo engaño, dos personas destruidas por una esperanza que nunca llegó. Después dejaron de verse, pero Judith todavía recuerda su rostro y recuerda algo más: mientras intentaba encontrar a Mary Johanna, comenzó a descubrir la cantidad inmensa de personas que estaban atravesando exactamente el mismo dolor. Fue entonces cuando apareció MOVICE, las marchas, las organizaciones, los encuentros, los plantones, las fotografías colgadas al pecho, las velas, los nombres, los rostros y las historias. Por primera vez comprendió que no estaba sola. En aquellas movilizaciones encontró madres que buscaban hijos, hijos que buscaban padres, esposas que buscaban a sus parejas, hermanos que buscaban hermanas y miles de personas intentando responder una misma pregunta: ¿Dónde están? La desaparición dejó de ser una tragedia individual, comenzó a adquirir dimensiones colectivas, y con ello apareció otra forma de resistencia: la memoria. Judith llegó obligada por las circunstancias a esos lugares y encuentros, como tantas otras personas en Colombia, porque cuando alguien desaparece, la familia termina convirtiéndose en investigadora, abogada, activista, archivista y defensora de derechos humanos al mismo tiempo. Todo para intentar encontrar una respuesta, aunque esa respuesta nunca llegue. La búsqueda se convirtió en una forma de habitar el tiempo. En Colombia, el paso de los años transformó muchas cosas, cambiaron gobiernos, cambiaron instituciones, cambiaron los nombres de los grupos armados, comenzaron diálogos de paz, se firmaron acuerdos, aparecieron nuevos mecanismos para buscar verdad y reparación. Pero para Judith existía una realidad que permanecía intacta: Mary Johanna seguía desaparecida. Cuando comenzaron los diálogos de paz entre el Estado colombiano y las FARC en La Habana, Judith vio una posibilidad que durante años había parecido imposible.Tal vez alguien sabría qué ocurrió aquel domingo de octubre de 2007. Con ayuda de organizaciones de derechos humanos y de personas que la acompañaron durante el proceso, logró que información relacionada con el caso de Mary Johanna llegara a escenarios vinculados a las conversaciones de paz. En ese camino aparecieron instituciones que, según Judith, le permitieron seguir adelante cuando las fuerzas comenzaban a agotarse. La Cruz Roja Internacional fue una de ellas, recibió acompañamiento y apoyo psicosocial, orientación y espacios para compartir su historia. Puesto que la desaparición forzada no afecta únicamente a quien desaparece, afecta a toda la familia, a todos los que esperan, a todos los que buscan y a todos los que permanecen. La desaparición de Mary Johanna no fue el único duelo que llegó a su vida; mientras avanzaban los años de búsqueda, otros miembros de la familia comenzaron a morir. Su madre fue una de ellas y, antes de fallecer, le dijo algo que Judith todavía recuerda, “me voy a ir y no voy a saber qué le pasó a la niña”. Judith sigue sin entender por qué, y mientras conversaba con nosotros hacía la pregunta reiteradas veces. “lo mío, mi dolor y la desaparición de mi hija y la posible muerte de ella es algo tan injusto. ¿Por qué? Si mi hija no tiene nada que ver con la guerra, ni política, ni nada de eso, ella es estudiante y trabajadora. Pero, cuál guerra, si mi hija no estaba en guerra. Pero cuál guerra, yo no me siento en guerra.” Durante mucho tiempo Judith creyó que cuando llegara el momento de la audiencia finalmente encontraría respuestas definitivas. Pero la realidad fue más compleja, más dolorosa, más ambigua, porque incluso cuando alguien habla, la verdad rara vez aparece completa. En una de esas audiencias escuchó una versión que todavía la acompaña, según algunos testimonios de excombatientes, Mary Johanna y Didier habrían sido asesinados el mismo día de su desaparición. Aunque Judith no cree esa versión. “Y como dijo ese señor, que los habían matado el mismo día, a mí se me clavó algo en la cabeza y digo:hasta no ver no creo, hasta no ver el cuerpo, no creo. Porque me parece tan imposible. A él mismo le dije: me parece tan imposible que usted haya matado una niña de esas.” En la memoria de Judith, Mary Johanna continúa teniendo diecinueve años, no envejece, no cambia, permanece detenida en octubre de 2007. Quien envejeció fue su madre, quien acumuló cicatrices fue su madre, quien aprendió sobre desaparición forzada fue su madre, quien recorrió oficinas, hospitales, emisoras, marchas y audiencias fue su madre, quien sigue aquí es su madre. Judith cada día continúa enfrentándose a la ausencia de su hija. “La ausencia es muy dura. La ausencia es cada vez que uno levanta la mirada y ve la foto de ella. Pasarse la noche pensando, porque pues entre otras uno casi no duerme. Y se le vuelve un hábito no dormir.” Después de dos horas de conversación, Judith Casallaz se tenía que ir.Con una sonrisa y un fuerte abrazo se despidió de cada uno y continuó su camino. Judith sigue caminando, despacio, como lo ha hecho durante casi veinte años, buscando. Tal vez la desaparición forzada no consista solamente en la ausencia de una persona, tal vez consista también en todo lo que obliga a hacer a quienes se quedan. En las noches sin dormir, en las llamadas contestadas con esperanza, en las fotografías pegadas sobre postes, en las preguntas que sobreviven al paso del tiempo. Judith Casallas todavía no sabe dónde está Mary Johanna, todavía no sabe exactamente qué ocurrió aquel 7 de octubre de 2007, todavía espera respuestas. Por: Manuela Pérez Franco

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Relato de Carlina Osorno

Carlina Osorno

30 años tras un rastro

​La tarde cae sobre Palmira. El calor parece quedarse entre las calles y los edificios que de a poco cubren el horizonte del municipio. Sentada en una banca frente al estadio, Carlina Osorno Llanos acomoda el tapabocas que cubre su rostro con un movimiento que para ella ya es automático. Lleva tanto tiempo usándolo que parece formar parte de ella.

A sus 58 años, su cuerpo guarda las marcas de una búsqueda que comenzó hace más de tres décadas. La ansiedad, la depresión y los problemas respiratorios la acompañan desde hace años. Su médico le ha explicado que el estrés termina por quedarse en el cuerpo cuando el dolor no encuentra salida.

Ella sonríe y dice: —Soy como una esponja—. Dice esto porque es propensa a contagiarse de manera muy sencilla de cualquier virus que circula en el aire. Lo relata con naturalidad, como quien ha aprendido a convivir con sus achaques físicos, pero sobre todo con la tristeza. Carlina nació el 23 de julio. Dice que heredó el carácter fuerte de su madre y que la vida la obligó a hacerse más dura de lo que alguna vez imaginó. Cuando habla de sí misma utiliza una palabra que repite constantemente: “berraquera”. Y quizás sea esa la palabra que mejor la define. Durante su juventud era conocida por no dejarse intimidar. Si veía una injusticia intervenía sin pensarlo dos veces. En el barrio aprendió a defenderse sola y, según cuenta entre risas, más de una vez cargó una navaja en el bolsillo para enfrentar a quienes quisieran meterse con ella o con los suyos. Su familia todavía recuerda ese temperamento que la llevaba a reaccionar antes de tener miedo. Quizás por eso la desaparición de José la golpeó de una manera particular. Porque por primera vez se enfrentó a un enemigo al que no podía mirar a los ojos. No había una persona concreta contra quien pelear. No había un lugar al que ir a reclamar. Solo había silencio. Porque para entender quién es Carlina hoy, hay que regresar a diciembre de 1990. Hay que volver al día en que desapareció su hermano. Buga, diciembre de 1990 El 5 de diciembre de 1990, José Edison Osorno Llanos salió de casa y nunca regresó. Tenía veinte años. Era alto, delgado, alegre y le gustaba montar bicicleta. Era hincha del América de Cali, igual que su padre, y tenía una facilidad especial para hacer amigos. Carlina recuerda que era respetuoso con las mujeres, trabajador y siempre dispuesto a ayudar a quien lo necesitara. Pero, sobre todo, recuerda que era su hermano. Su protector. Su cómplice. Su todo. La desaparición llegó sin avisar. No hubo llamadas. No hubo amenazas. No hubo despedidas. Simplemente él dejó de estar. La noticia cayó sobre la familia como una tormenta imposible de detener. Durante los primeros días, nadie quería aceptar lo evidente. Tal vez se había ido con algún amigo. Tal vez estaba trabajando. Tal vez regresaría al día siguiente. Pero el día siguiente llegó. Y José no apareció. Entonces comenzó la búsqueda. Carlina recuerda a su padre recorriendo las calles de Buga preguntando por él. Recuerda a sus hermanos caminando bajo el sol. Recuerda el cansancio y la incertidumbre. La familia llegó hasta las orillas del río Cauca. Su padre alquiló una lancha para recorrer el río. Hablaron con pescadores. Se internaron entre el monte. Caminaron durante horas. —Nos dio la noche por allá— recuerda Carlina. La oscuridad cayó sobre ellos sin que encontraran una sola respuesta. Regresaron a casa con el mismo vacío con el que habían salido. Y ese vacío nunca volvió a abandonarlos. Aunque en ese momento la familia no lo sabía, el río Cauca terminaría convirtiéndose en uno de los escenarios más representativos de la violencia asociada al conflicto armado en el suroccidente colombiano. Con el paso de los años, numerosos testimonios e investigaciones documentarían el uso de sus aguas para ocultar víctimas y borrar rastros de los crímenes. Un país que prometía cambiar Mientras la familia Osorno Llanos recorría calles, preguntaba en hospitales y buscaba respuestas a orillas del río Cauca, Colombia atravesaba uno de los momentos más contradictorios de su historia reciente. La década de los noventa comenzó con una promesa de transformación. Después de años de violencia política y conflicto armado, miles de colombianos depositaron sus esperanzas en la Asamblea Nacional Constituyente. La llamada Séptima Papeleta impulsó la creación de una nueva Constitución que prometía ampliar derechos, fortalecer la democracia y abrir espacios de participación política. Pero mientras el país hablaba de renovación democrática, la guerra seguía avanzando. Los asesinatos de líderes políticos, la expansión del narcotráfico y la confrontación entre los distintos actores armados marcaban la vida cotidiana de millones de personas. La desaparición de José ocurrió precisamente en medio de esa contradicción. Ese mismo diciembre de 1990, el Ejército lanzó la Operación Casa Verde contra el principal campamento de las FARC, ubicado en el municipio de Uribe, Meta. La ofensiva, ordenada por el presidente César Gaviria, buscaba debilitar la estructura de mando de la organización guerrillera y se produjo en un momento de alta tensión política y militar para el país. Casa Verde había sido durante años un lugar emblemático para las FARC y un escenario de acercamientos y conversaciones con el Estado. Aunque la operación no logró desmantelar por completo a la organización, sí marcó el inicio de una nueva etapa de confrontación armada que intensificó el conflicto en distintas regiones del país. La guerra se profundizó. Los combates aumentaron. Y en muchas regiones la población civil quedó atrapada entre distintos actores armados. La desaparición forzada comenzó a consolidarse como una de las prácticas más crueles del conflicto. No dejaba cuerpos. No dejaba pruebas. No dejaba respuestas. Solo dejaba familias buscando. Lo que los Osorno Llanos desconocían entonces era que no estaban viviendo una tragedia aislada. En distintas regiones del país comenzaban a repetirse historias similares. Campesinos, estudiantes, trabajadores, líderes sociales y jóvenes desaparecían sin dejar rastro. Con la Constitución de 1991 se prometió ampliar derechos y fortalecer las instituciones, pero mientras tanto miles de familias enfrentaban una realidad distinta: la ausencia de mecanismos efectivos para buscar a sus seres queridos y la incapacidad estatal para responder a sus preguntas. Esa contradicción marcaría buena parte de la década. Colombia avanzaba hacia la consolidación de un nuevo marco constitucional, pero al mismo tiempo experimentaba una de las mayores escaladas de violencia de su historia reciente. Sin saberlo, Carlina y su familia acababan de entrar en una historia que compartirían con miles de víctimas en todo el país: la búsqueda interminable de alguien que desapareció sin dejar una explicación. La segunda tragedia Poco más de un mes después de la desaparición de José, la vida volvió a golpear a Carlina. El 12 de enero de 1991 asesinaron a su compañero sentimental. Ella estaba embarazada de cinco meses. Tenía un hijo pequeño. Y de un momento a otro quedó completamente sola. —Se me acabó la vida cuando murió él—. La frase todavía le sale sin esfuerzo. Como si el tiempo no hubiera pasado. La muerte de su compañero llegó cuando todavía intentaba comprender la desaparición de su hermano. No hubo espacio para el duelo. La necesidad de sobrevivir ocupó todo. Consiguió trabajo en una casa de familia. Trabajó embarazada. Trabajó mientras buscaba respuestas. Trabajó mientras intentaba alimentar a sus hijos. Ella recuerda que muchas veces dejaba de comer para que a ellos no les faltara nada. Recuerda las tardes en las que solo se quedaba sentada en el cementerio. Recuerda la sensación de que el mundo seguía avanzando mientras ella permanecía atrapada en el mismo lugar. La nueva Constitución ya estaba en marcha. Los periódicos hablaban de cambios históricos. Pero para Carlina nada había cambiado. Su hermano José seguía desaparecido. Y nadie parecía interesado en ayudarla a encontrarlo. La década de la ausencia La desaparición forzada como fenómeno en Colombia no fue un hecho aislado. Durante los años noventa se convirtió en una práctica sistemática utilizada por distintos actores armados. Las raíces de dicho fenómeno venían de décadas anteriores, cuando la excepcionalidad jurídica y la debilidad institucional facilitaron graves violaciones a los derechos humanos. Pero fue durante esta década cuando el crimen alcanzó niveles alarmantes. La expansión del paramilitarismo, el fortalecimiento de las guerrillas y el crecimiento de las economías ilegales transformaron amplias regiones del país. El Valle del Cauca no fue ajeno a esa realidad. Las disputas por corredores estratégicos para el narcotráfico, la expansión de grupos paramilitares y la presencia histórica de organizaciones guerrilleras convirtieron al departamento en un escenario complejo del conflicto armado. En muchas regiones, la desaparición forzada estuvo asociada no solo a objetivos militares, sino también a intereses económicos. La eliminación de líderes comunitarios, campesinos y pobladores facilitó procesos de control territorial, desplazamiento forzado y apropiación de tierras. A medida que avanzaban los años, también crecía la impunidad. Muchas familias denunciaban desapariciones sin obtener respuestas. Las investigaciones se archivaban. Los expedientes se acumulaban. Los desaparecidos se convertían en estadísticas. Carlina seguía buscando. Mientras vendía productos por catálogo. Trabajaba además en lo que podía y criaba a sus hijos; aun así, nunca dejó de preguntar por José. La búsqueda se convirtió en una forma de vida. Y cuando parecía que el dolor ya había ocupado todo el espacio posible… Wilmer Pulgarín Ocho años después, la historia volvió a repetirse. El 12 de mayo de 1998 desapareció Wilmer Pulgarín, primo de Carlina. A Wilmer le decían “Colmi” por un colmillo que sobresalía cuando sonreía. Carlina lo describe como un hombre rumbero y extrovertido, querido por toda su familia. Ella se ríe cuando lo recuerda. Dice que era bueno para la fiesta, pero malo para las peleas. Ella, en cambio, nunca tuvo problema en defenderse. Cuenta que durante su juventud cargaba una navaja y enfrentaba cualquier amenaza de frente. Una noche de verbena, recuerda, varios hombres intentaron atacar a Wilmer. Ella se quitó la correa, sacó la navaja y se interpuso. —¡Paticas para qué las tiene, corra! — le gritó a su primo. Wilmer corrió. Ella se quedó. Pero en 1998 no pudo protegerlo. Carlina cuenta que, según los testimonios recogidos por la familia, hombres armados llegaron hasta la vivienda de Wilmer y se lo llevaron por la fuerza. —Intentó resistirse. Él se aferró a una reja con un brazo. Se negó a salir. Los hombres que se lo iban a llevar le dispararon en el brazo con el que se agarraba a la reja para que la soltara. Finalmente lo sacaron. Nunca volvió—. La desaparición ocurrió en un momento de expansión nacional de las Autodefensas Unidas de Colombia. La desaparición forzada se utilizaba para sembrar terror, controlar territorios y provocar desplazamientos. Miles de familias colombianas atravesaron situaciones similares. La de Wilmer fue una más entre muchas historias de ausencia. Pero para Carlina significó revivir una herida que jamás había cerrado. Fue volver a aprender a convivir con el dolor. Para Carlina fue como regresar al punto de partida. Ocho años después seguía sin saber qué había ocurrido con su hermano José y ahora debía enfrentar una nueva desaparición dentro de la misma familia. La sensación de impotencia fue inmediata. Sabía lo que venía después: las preguntas sin respuesta, las versiones contradictorias, los rumores, las falsas pistas y la espera interminable. Los años pasaron y la búsqueda continuó. El país cambió, llegaron nuevos gobiernos y nuevos procesos de paz. Pero la incertidumbre permaneció y Carlina aprendió a convivir con ella. Aprendió a levantarse cada mañana sin respuestas. Aprendió a escuchar rumores. Aprendió a esperar. La ansiedad apareció poco a poco. Después llegaron los medicamentos. Luego las consultas médicas. La depresión. Las dificultades para dormir. La sensación permanente de que una parte de su vida quedó detenida en 1990. —Soy médica conmigo misma— dice entre risas. Pero detrás de la broma hay una realidad difícil de ocultar. La desaparición no solo afecta a quien desaparece. También transforma la vida de quienes se quedan. El Patio de la Memoria Décadas después, el camino de Carlina la llevó hasta el Patio de la Memoria del Cementerio Central de Palmira. Durante años ese lugar fue conocido como el Patio del Olvido. Allí reposan cientos de cuerpos no identificados y personas identificadas que nunca fueron reclamadas por sus familias. La Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) estima que en ese espacio podrían encontrarse cuerpos relacionados con el conflicto armado. Los repositorios de memoria construidos en el lugar representan un intento por dignificar a quienes durante años permanecieron reducidos a una sigla: NN. El Patio de la Memoria surgió precisamente para enfrentar esa invisibilidad. Durante décadas, cientos de cuerpos ingresaron al Cementerio Central de Palmira sin que sus identidades pudieran establecerse plenamente. Muchos fueron registrados como NN y enterrados sin que sus familias supieran dónde quedaron. Hoy ese espacio busca transformar una historia de olvido en un escenario de reconocimiento. Los osarios, las intervenciones simbólicas y los procesos de búsqueda impulsados por instituciones y organizaciones de víctimas representan un esfuerzo por devolverles nombre, historia y dignidad a quienes la guerra intentó borrar. Carlina cree en la importancia de esos espacios. Cree que deberían existir en todo el país. Porque sabe que en muchos cementerios colombianos todavía hay personas esperando recuperar su nombre. Sin embargo, también sabe que la memoria por sí sola no basta. La existencia del Patio de la Memoria demuestra que el país ha comenzado a reconocer una deuda histórica con las víctimas de desaparición forzada. Sin embargo, para personas como Carlina la reparación sigue siendo incompleta. Los memoriales ayudan a preservar el recuerdo. Los repositorios permiten dignificar a quienes fueron enterrados sin nombre. Pero ninguna de esas acciones puede reemplazar la verdad. Porque la memoria ofrece reconocimiento. La verdad ofrece respuestas. ¿Dónde está José? Y ahora, décadas después, la pregunta también alcanza a Wilmer. Hoy Carlina sigue buscando. A veces siente rabia. A veces siente cansancio. A veces piensa que ha envejecido demasiado rápido. Dice que ya no se reconoce completamente en el espejo. Pero continúa. Porque la búsqueda se volvió parte de su identidad. Forma parte de quien es. Forma parte de su historia. Y también forma parte de la historia de Colombia. Una historia en la que miles de familias siguen esperando respuestas. Una historia en la que los cementerios, los ríos y las morgues guardan fragmentos de una verdad incompleta. Una historia que todavía se escribe. Carlina no habla de indemnizaciones. No habla de venganza. No habla siquiera de castigos. Habla de algo mucho más sencillo, pero profundo. Quiere encontrar a su hermano. Quiere saber qué pasó. Quiere tener un lugar donde llevar flores. Quiere poder pronunciar su nombre sin que la incertidumbre complete la frase. Treinta y cinco años después, Carlina Osorno Llanos continúa esperando. Y mientras esa respuesta no llegue, seguirá caminando. Porque el dolor y la incertidumbre terminan cuando aparece la verdad. Por: Juan José López Marín

Familiares

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William Ocampo

Mary Johana Casallaz

José E. Osorno

Wilmer Pulgarín

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